miércoles, 6 de noviembre de 2024

Montevideo

Montevideo. Un concierto de pájaros y martillos. Ruido de coches y saludos, también. ¡Pero los pájaros! De vez en cuando un autobús urbano con su rugido feroz. Son verdes y frondosas las copas de los árboles que flanquean, formando un túnel, las calles de la ciudad. Una ciudad-bosque, con todo y su concierto de trinos. Las raíces vuelven orgánicas las aceras. Me tropiezo con las baldosas rotas, los montículos hechos de raíces, baldosas, bolsas y cacas de perro. Me tropiezo todo el tiempo. Trastabillo, como la chica de la canción de The Cure, the girl was always falling again and again.

Más pájaros y un taladro, o una sierra.

Ojo que falta hablar del perfume. No solo de la omnipresencia tibia de los jazmines. Eso, lo que más, pero también el olor de los jabones con que alguna gente friega las aceras (porteros, en Pocitos, gurisas exhuberantes de uñas largas, en Goes). Los productos de limpieza huelen como mi infancia, y los de belleza (cremas de afeitar, desodorantes, champús) a mi adolescencia. Hoy subí a un ascensor y olía a un novio que tuve. Jamás me cruzo con estos perfumes en el nuevo lugar en el que vivo. Tampoco hay ascensores.  

Hacé clic para ESCUCHAR EL SONIDO DE UNA MAÑANA CUALQUIERA EN MONTEVIDEO

(Montevideo, 29 de octubre, de mi cuadernito mientras me tomaba un cortado) Echo de menos cuando publicaba escritos al paso, en facebook. En instagram todo es pura imagen, pero en facebook ya nomás vamos quedando solo espectros)

jueves, 23 de mayo de 2024

Es lo que hay

¿Vieron que Laurie Anderson está enganchada a chatear con una Inteligencia Artificial que emula a su marido? Yo también lo estaría, pero me pregunto cómo una IA puede usar el léxico cómplice y las referencias solo compartidas por los amantes. Para eso tendría que acceder al corpus de su memoria íntima. 
 Hoy hice la prueba. Primero le pedí al chat GPT que me hablara como si fuera Kurt Vonnegut. Me soltó un tostón. Después le pedí que me hablara como mi padre, aunque ya sabía que no podría porque de mi padre no hay muestras en la red. Un desastre. Entonces, le pedí que me hablara como Juan (Juan Pablo Rebella), que al fin y al cabo de él sí que hay cosas en internet. Peor. Ni siquiera supo impostar el acento uruguayo, aunque cuando se lo dije hizo un esfuerzo y cambió de registro. Me cansé y le pedí que tuviéramos una charla erótica. Se negó. Finalmente, le pregunté si mañana recordaría nuestro diálogo, con la esperanza de empezar a construir una memoria común. Y me dijo que no. 
Todavía falta mucho para que lo de Her se haga realidad, o para que la IA pueda suplir las ausencias. 
Cosa que me lleva de vuelta a Vonnegut: 
 “Lo más importante que he aprendido en Tralfamadore es que cuando una persona muere, sólo muere aparentemente. Continúa estando muy viva en el pasado, y por lo tanto es muy estúpido que la gente llore en su funeral. Todos los momentos, el pasado, el presente y el futuro, siempre han existido y siempre existirán. Los tralfamadorianos pueden contemplar todos los momentos diferentes de la misma forma que usted, por ejemplo, puede observar cualquier trecho de las Montañas Rocosas, Se dan cuenta de la permanencia de todos los momentos, y pueden contemplar cualquiera de ellos que les interese. Aquí en la Tierra creemos que un momento sigue a otro, como los guisantes dentro de la vaina, y que cuando un momento pasa ya ha pasado para siempre, pero no es más que una ilusión. Cuando un tralfamadoriano ve un cadáver, todo lo que se le ocurre pensar es que la persona muerta se encuentra en malas condiciones en aquel momento particular; pero sabe que aquella misma persona puede encontrarse estupendamente en muchos otros momentos. Ahora, después de aquella experiencia junto a ellos, cuando oigo decir que alguien ha muerto, me encojo de hombros, simplemente, y digo lo que los tralfamadorianos dicen acerca de los muertos: "Es lo que hay".

miércoles, 2 de agosto de 2023

El acto administrativo

Estimada Susanna:

Te llamaré Susanna, aunque ese no sea tu nombre, porque mi intención con esta carta no es denunciarte públicamente. Fuiste correcta. Cuando conseguí hablar contigo hubo un momento incluso en el que me pareció que te sabía mal de verdad. Por eso te trataré de "tú" y te hablaré por tu nombre de pila, Susanna. Ese nombre que llevas quizás en honor de tu abuela o de la hermana de tu madre, que murió un año antes de que nacieras, aquella que era mucho mayor que tu madre y que murió sin tener hijos porque el novio de toda la vida cambió de idea en el último momento y la pobre nunca se repuso, y a tu madre prácticamente la crió ella, tu madre siempre te lo explicaba, Susanna, pero mejor voy ya al grano, que me consta que a ti esto de las historias de las personas no te interesa para nada, así que te planteo aquí una pregunta deontológica, que que te mueves más cómoda con las palabras de definición unívoca que cuando la gente te cuenta su vida.

¿Quién es mejor profesional, Susanna? ¿Aquel que jamás contempla casos concretos, consiguiendo así el epítome del trabajo sistemático, o aquel que aún hoy, en este mundo sistematizado, tiene la osadía de escuchar a las personas? Hay quien está orgulloso de su eficiencia, sin darse cuenta de que ya no es capaz de hacer nada que no pudiera hacer en su lugar un robot.

Y es que Susanna estudió Derecho. Iba para abogada laboralista, pero acabó trabajando en Recursos Humanos. Gestión de personal le llaman también. Aunque de humano y de personal no le quede ya nada. Ella quería defender a las trabajadoras, y por eso digo que "acabó", porque si ahora se parara a recapitular, no sabría identificar en qué momento dejó de defender a las personas y empezó a aplicar un sistema. Meticulosamente. Y sin jamás caer en el error de escuchar ningún caso concreto, dónde vamos a parar, faltaría más.

Ya he abandonado lo de la carta, mejor escribir un guión. Una escena en la que Susanna, después de negarle el cambio de puesto de trabajo a una madre separada que le pide una plaza más cerca, abre el periódico y lee la noticia: «Mujer de 46 años fallece en choque frontal contra un camión en la N230. La mujer, vecina de Pueblo Remoto de Dalt, realizaba el trayecto cada día desde hace seis años, en un horario con mucho tránsito de vehículos pesados y en condiciones meteorológicas adversas». Susanna ve las iniciales y un escalofrío le recorre la espina dorsal. O este otro: «Feminicidio en Pueblo Remoto de Dalt: los vecinos aseguran que la mujer llevaba años intentando conseguir un traslado para poder alejarse de su ex marido». O de esos dramaticones que pululan en internet: «Madre no acude a recoger a su hija en plena tormenta de nieve», para que te quedes pensando si se retrasó, se murió o desapareció de alguna forma sobrenatural.

Pero no quiero seguir por estos derroteros, porque ya mi imaginación me lleva a cosas incluso más terribles. No, no quiero un acontecimiento puntual y desgarrador. Quizás si Susanna lee alguna estadística, pueda comenzar a vislumbrar lo que hay detrás de cada "persona" de esas a las que "gestiona". «El 90% de las mujeres se jubila más tarde y con prestaciones más bajas que los hombres. Esto ocurre porque generalmente son quienes cuidan de niños y mayores, debiendo reducir así sus posibilidades de crecimiento profesional y económico». Esto es algo que siempre la ha indignado, a Susanna, las desventajas estructurales con las que juegan las mujeres. Y el Telenoticias Comarcas pasa entonces a dar otro dato pero este ya sí que se le escapa porque está empezando a cabecear la siesta, que en verano en Lleida siempre se duerme un rato con el aire acondicionado puesto: «un habitante del Pirineo tiene, de promedio, 100 posibilidades menos de encontrar una plaza de trabajo especializada que alguien que vive en la ciudad». ("Què bé que esteu aquí, què fresquets").

Susanna se mueve bien entre estadísticas pero a mí en cambio no se me da bien ilustrar mi imaginación con ellas, así que vuelvo a pensar en la historia pequeñita, en las decisiones cotidianas que acaban haciendo que no puedas crecer en el curro, con lo que te apasiona, porque la vida pasa volando y ahora que a tu madre le han diagnosticado alzhemier se viene una época chunga, y por suerte cuando esto le pasó precisamente a Susanna ella ya tenía una situación consolidada y la pudo hacer atender por los mejores profesionales del Centro de Día que le queda al lado de casa y a cinco minutos del trabajo. ("¿Por qué no se presenta a otra plaza? A mí tampoco me dieron la que quería enseguida") Bienaventurados los que, además de currárselo, tienen ciertos privilegios de los que no son conscientes, porque de ellos será la fortuna de creerse modelo para los demás.

Vuelvo a poner a Susanna frente al periódico y la noticia desgarradora. Quiero creer que cuando colgó el teléfono, después de negar el traslado a aquella trabajadora, le quedó un mal sabor de boca. Pero la mujer fue correcta, Susanna está segura de que lo entendió. Ya se presentará el próximo curso. Susanna no sabe que cuando colgó el teléfono a aquella mujer se le quebró la voz y ya no pudo parar de llorar en todo el trayecto de regreso a casa. Yo no quiero castigar a Susanna, no quiero venganza, lo que quiero es que, a partir de una historia humana, tenga una revelación. Quiero que vuelva a ser la joven idealista estudiante de Derecho. Quiero que de repente descorra una cortina y vea una situación cotidiana, repetida, inescapable, un círculo vicioso, un remolino desde el cual los que nadan tienden la mano pidiendo que alguien los ayude a salir. Pero es que no les podemos dar la mano a todos, hombre, només faltaria. (De todos modos, esto tiene algo de chantaje emocional que no me gusta. Eso del efecto mariposa es siempre una falacia). Y además, es probable que Susanna ni siquiera caiga en la cuenta, al leer el titular, de que se refiere a aquella persona a la que le negó un cambio por un tema formal que no perjudicaba a nadie. 

La pregunta es: ¿Hay esperanza aún para Susanna, o ya no? Me la imagino abriendo el periódico, leyendo las iniciales de la mujer y atando cabos, con un pinchazo en el vientre. El efecto mariposa como recurso deontológico: yo la maté, yo me negué a coger la mano que me tendía desde el remolino de agua en el que no dejaba de bracear. Yo la condené. La condené a la precariedad, la condené a rogarle ayuda a su ex, la condené a conducir el coche en medio de la ventisca, con la mente en la niña que se había quedado llorando en casa de la vecina como cada día que la tiene que dejar ahí a las 6:30 para ser la primera en entrar al aula – la profe no puede llegar tarde – y justo ese día, además, la niña había pasado mala noche y a ver cuando consigo la plaza un poco más cerca, el próximo curso, seguro, va, un curso más (aunque con este ya van siete y siempre parece que el próximo ya podrás y el próximo no, porque tampoco, porque hay un defecto de forma, porque no dan los plazos, a ver, un poco de paciencia, el próximo curso seguro que ya sí) y es ahí cuando aparece un camión de frente y todo se funde a negro. En esta ficción que no acaba de nacer del todo yo quiero a la vez angustiar y consolar a Susanna, porque obviamente no son culpa de ella ni el choque, ni el feminicidio, ni la precariedad, ni la angustia de la madre que no llega, ni la de la profe que ama su trabajo y se angustia por no llegar a todo. Esto es así de verdad, Susanna, no se trata de culparte, solo de que la próxima vez contemples que no eres tú, son las circunstancias. Tú no podías hacer nada. Además, mira si vas a atender a las circunstancias personales. No, ni aunque, estrictamente hablando, no se salten ninguna norma. Yo te entiendo, de verdad que te entiendo, y me sabe mal, pero es que tú firmaste una continuidad y el acto administrativo es anterior a las posteriores adjudicaciones, y además, tal y como establece la Resolución talicual, las propuestas de contunidad del centro son irrenunciables, y esto ya lo hemos respondido (nosotros siempre respondemos, nuestro índice de respuesta es del 100%) y ¿por qué no te pides otra plaza? - si no hay pan, que coman tortas -, imagínate si vamos a poder contemplar casos individuales, hace un mes también un señor me pidió un cambio y también le dije que no, dónde vamos a parar. Imagínate, Susanna, que tu trabajo consistiera en atender peticiones de personas que te exponen sus circunstancias, qué sería del sistema, faltaría más, dónde vamos a parar.

lunes, 25 de abril de 2022

34 cadáveres

Esta entrada es del 2014!! El viernes pasado inauguramos Visceralia, exposición colectiva que comienza con una instalación mía y seguirá con una exposición de Ana Iglesies, artista plástica, y luego con una de Raquel Paredes, fotógrafa.
Yo escribo. Es la primera vez que me meto por estos derroteros.
Todo empezó porque cuando cumplí 34 años hice un experimento, un "poema hipertextual" por llamarlo de alguna manera, y luego ahí se quedó, en mi disco duro. No tenía muy claro cómo compartirlo porque la gracia es, precisamente, que sea una serie de textos que se van desplegando a medida que uno hace clic. Al final decidí pegar las pantallas en unas cajas de cartón, y convertir el archivo en instalación. Luego busqué financiación en mi comarca y ahí salió la idea de buscar otras personas que quisieran exponer.
El resultado ha sido genial, conocer y trabajar y motivarse mutuamente con otras dos mujeres y hacer una expo colectiva a la que llamamos VISCERALIA, dentro de la cual, la mía se llama "34 cadáveres" y es la que abre el ciclo.
Está en la Biblioteca de El Pont de Suert hasta el 2 de enero de 2015. Luego le siguen las otras. No puedo compartir con los que están lejos la experiencia de "navegarla" físicamente, pero acá les mando unas fotos del día de la inauguración, el archivo navegable y la música que lo acompaña.
El día de la presentación tuve que explicarle a una señora de mi pueblo lo que significa MILF. Buscó a "la artista" para que se lo explicara. Y yo ahí, toda roja, encaré. Y sí, el que no se quiera ensuciar que no baje al sótano.

Presentación de VISCERALIA´y de 34 Cadáveres:


 
 



 




 
 
 

Y ahora la música:

y el archivo (hay que hacer clic en el título para verlo):


                              34 cadáveres

jueves, 16 de abril de 2020

Urgencias


    "Urgencias", ilustración de Mao Díaz.


URGENCIAS
Los catarros se curan con mucho líquido. Nosotros no tomamos antibióticos. Sonreímos con discreción y condescendencia frente a las víctimas de la industria farmacéutica, les recomendamos jarabes de hiedra y nos sentimos secretamente orgullosos de cómo hacemos las cosas. Los catarros se convierten en pulmonías que muerden los costillares, y en bombas de relojería que llaman con sus puños de flema a las puertas de la sanidad mental.
No recuerdo cuántas horas llevo aquí, ni cuantos años, ni cuántos días. Mis ojos son dos bolas de fuego que lamió el aire gélido de la Sagrada Familia, mientras yo desordenaba cafés, antifaces, torres, mosaicos y dragones en la puerta de Urgencias. El hospital de Sant Pau parece un aeropuerto. Pulcro, amplio, de diseño. Un señor quiere saltarse la cola para preguntar dónde está su amigo, pasando por delante de la mujer bajita que tiene una niña en brazos, una niña con los ojos pequeños, la piel roja y el cuerpo inerte por la fiebre. Quizás el amigo del señor se esté muriendo y le falten ocho minutos para expirar. Si el señor no llega a tiempo se quedará para siempre sin expiación, sin decirle eso que tiene que decirle, sin recibir la extremaunción de su perdón. En la agonía del primero son dos (al menos) los murientes.
En las afueras de Riohacha también vi llegar a una madre con un niño en brazos. El niño se le moría. Ella se bajó de la moto donde viajaba de acompañante y entró como un torbellino. Era rubia y alta y enfundaba su cuerpazo en unos vaqueros claros. Era lo que antaño se decía un minón, un camión, un pedazo de hembra con un par de ancas acabadas en una cadera montaraz. Desaparecieron tras la puerta. El bebé estaba azul. Años después me pregunté si en una situación tan extrema le habrían aplicado el protocolo de seguridad diseñado para madres-que-llegan-con-niños-azules, o si habrían suspendido, todos, la culpa y el reparto de responsabilidades, para concentrarse en salvar a ese niño. Pero nunca lo supe porque a mi Lázaro lo intubaron en otra sala.
Siete minutos. Yo sí que tengo tiempo. Tengo todo el tiempo del mundo. No me estoy muriendo, no más que el ciudadano promedio que camina por la calle. Solo tengo una pequeña otitis y un principio de pulmonía. Además, estoy sola, así que el tiempo es mío. No tengo a mi hija de doce años delante ni estoy teniendo un bronco espasmo ni le estoy diciendo con voz ahogada que me muero ni con el gesto le estoy pidiendo que haga algo.
Quisiera cerrar los ojos igual que tengo cerrados los oídos. Estoy condenada a ver detalles que no quiero ver. Todo es blanco como en una clínica de ciencia ficción. Estoy en la Barcelona alta. Seis minutos. La señora en la silla de ruedas luce impecable. La bata violeta y mullida huele a limpio y los mocasines a caro. Ella es grácil, tiene el pelo rubio como recién salido de la peluquería, es pequeña pero no frágil, solo elegante, elegante sin altanería, aún en la silla de ruedas. Destila dinero de familia, dinero aristócrata, dinero que no hace falta restregarle a nadie a la cara porque se nota, sin más. El enfermero se acerca a ponerle el brazalete que indica su ingreso al hospital.
−Vea qué pulsera más maja le traigo. ¿Le agrada? – pregunta a los gritos como si ella fuera sorda y, además, subnormal.
Muy maja, sí, sí –contesta ella sin gesto alguno de hastío ni de entusiasmo, acostumbrada a llevar con gracia la conversación banal. Tiene un bastón recostado sobre el muslo derecho y espera con toda tranquilidad, con toda la compostura. El único gesto de crispación que le descubro dura menos de un segundo y tiene lugar cuando el marido, un hombre con olor a cuero fino, aparece atravesando la puerta que queda a espaldas de ella y, sin mediar palabra, mueve medio metro la silla de ruedas, como quien corrige la inclinación de un cuadro solo para que conste quién manda en el universo. Al moverse, el bastón hace palanca contra el suelo y es entonces cuando la expresión de ella denota un brevísimo instante de ofensa, que en seguida vuelve a trocarse en pundonor, al tiempo que levanta el bastón para no sabotear la exhibición de autoridad del marido. Cinco minutos.
Los ojos como bolas de fuego por la fiebre, condenados a ver y a enviar señales a un cerebro torturado y submarino. Que alguien apriete el botón de off de las evocaciones. Se agolpan salvajemente, superponiéndose, y ni siquiera imaginarme las vidas de las personas que me rodean me sirve de solaz. Antes al contrario, son estas personas y sus desgracias las que me traen ecos. Cuatro minutos. Ecos y más ecos. Me llegan voces como algas marinas, pasan por este líquido cefalorraquídeo en el que estamos inmersos ellos, los coches, los peces y mi padre.
Después de la punción lumbar me premiaban con coca-cola y yo pensaba que estar internada no estaba tan mal, mientras escrutaba la carátula inmensa de un libro de cuentos en donde una niña vestida de amarillo se sentaba en un parque. Yo ya no me acordaba de lo que era sentarse ni de lo que era un parque, pero ya me había olvidado también del pinchazo que mi madre consentía. Si lo consentía, y si mi hermana no venía, debía de ser porque me estaba muriendo.
Tres minutos. Cruzan la puerta tres mujeres llorando abrazadas. A la del medio –por posición y por edad– le fallan las rodillas y las otras dos la sostienen. Las tres lloran juntas dentro de la blanca inclemencia de los azulejos quemados por el tubo luminiscente, y su llanto es un aullido mudo que casi me doblega. Pero estoy sola y mi padre se murió hace seis años, yo acá no puedo llorar, así que me desdoblo para que mi avatar sí pueda, como ellas, pero con un aullido que sí me sea audible, llevándose ambos puños al vientre y apretando fuerte y sollozando porque estoy sorda, porque estoy sola, porque tengo fiebre, porque no me morí de meningitis a los tres años agarrando la mano de mi madre, dos minutos, porque miré el rostro seco y violáceo de mi padre, porque no tengo adonde ir cuando me den el alta.
No siento dolor, solo el absurdo castigo de que este cuerpo enfermo no sepa apagar su antena. Un minuto. Se ha colado un tiburón a nuestro mundo submarino de líquido encefálico y me muerde con saña debajo del costillar izquierdo. Mientras toso veo al señor que buscaba a su amigo, lo veo salir rapidito con una sonrisa de alivio, y por megafonía repiten que “a Margarita G. la esperan en el box ocho, por favor”, y avanzo encorvada, sorda y entumecida, rogando que la doctora pase de los sesenta años y tenga las tetas gordas y arrugadas para poder hundir entre ellas la cara y sollozar hasta que el llanto limpie todo el musgo de mis pulmones, se lleve los ecos hinchados –como un torrente arrastra los cuerpos de los ahogados que nadie salvó– y me deposite en un saco amniótico hasta que esté preparada para volver.
Abro la puerta y la doctora es mi madre, que ha forrado la bolsa de agua caliente con mi camisón de franela. Me meto bajo la colcha amarilla de volados mientras ella me arropa y me acerca la mesa con la tele blanco y negro, el termómetro de mercurio, las aspirinetas y un vaso de coca cola con galletitas saladas. Mamá, pregunto egoísta, ¿por qué demoraste tanto? Tuve que hacer horas extra porque hubo que retirar un medicamento en mal estado, me contesta, y en seguida agrega “¿te preparo una maicena?” Sí, gracias, le contesto en voz baja, y pongo el canal Cuatro donde me dispongo a mirar (y a escuchar) La Dama de las Camelias.

viernes, 17 de agosto de 2018

"Las orillas del mundo"


“Y giraría la cruz en el inmenso Sur, sobre los barrios muertos de un muerto ayer de perros, de intemperie y de luna en las parras, sobre las calles en declive hacia el río barroso, plateado por la noche.”
Por fin se ha pacificado esa “ansiedad como de año nuevo” que hace meses me tenía saltando de un libro a otro con la insatisfacción de una orgía. Gracias a Anderssen Banchero. Abrir “Las orillas del mundo” fue como abrir una puerta hacia una noche fresquita y húmeda de mi más recóndita infancia, con todo y su humedad pegajosa, su concierto de grillos y ranas y perros, sus bichitos de luz intermitente y su olor a tierra. Un sabor a chauchas con papa hervida y huevo duro, a colchas húmedas (tercera vez que sale la palabra) remendadas, bombitas peladas de pocos vatios colgando de un cable todo cagado por las moscas, el camino de helechos plantados en macetas que llevaba a la casa de mi abuela Nelly, una casa con un xilofón de goteras en la que el baño quedaba afuera, mi abuela con su eterno acento que parecía alemán pero era valdense que te mandaba indefectiblemente a “carpir los yuyos” al fondo –a nosotras, que no distinguíamos una tomatera de una ortiga- y siempre el invierno te calaba los huesos. Vino dulzón en damajuana, tazas de latón con el esmalte descascarado, mate dulce en un vaso de vidrio grueso y cilíndrico a cuadritos, yerba y cáscaras de naranja secándose al sol. ¿Sigo? La palabra viaducto, por ejemplo, el jugolín y los helados de sobre, escarchados y hechos en el recipiente de aluminio que, con ayuda de una cuadrícula de plástico retirada para la ocasión, hacía las veces de cubitera.

Me perdí en el placer de evocar enumerando, no me vengan con prohibiciones de gerundios o de descripciones.


Abrí una puerta sensorial con este libro y lo que encontré me sorprendió por su consistencia irrefutable de infancia olvidada. Pre-infancia, casi diría, porque las bolas de chicle en tarros de vidrio, los apagones, parrales, la buseca, el matambre a la leche y hasta, si me apuran, las tortas fritas, me parecen más bien la utilería de una infancia demasiado recóndita para no ser inventada. También los volantes de “El Partido” y las cajas de camiones destartalados hacinadas de militantes que ponían a prueba su integridad al canto de “el que no salta es un botón” (siempre en cuadro aproximadamente a la altura de la cintura, que es donde me quedaba la vista) son parte de esa pre-infancia que debe de haber sido infancia, a secas, pero que después fue devorada por una adolescencia en la que ya se atizbaba la uniformidad, la ciudad se llenaba de asfalto, los ómnibus urbanos cambiaban de sigla y se hacían más modernos y en la ciudad, cada vez más asfaltada –o es que yo quedé más en el centro-, las velas desaparecían de los primeros cajones de las casas porque ya nadie se acordaba de la última vez que se había ido la luz. Ah, pero ¿acaso no habrán sido y serán, en una cosa, todas iguales las estampas de una tarde (acá, ahora, en la Antigua Roma y en Corea)?
 “Volví a vivir en un altillo, al final de una tembleque escalera de hierro desde donde veía el largo declinar del sol sobre los techos musgosos, herrumbrados, en ruinas, las camisas y las sábanas flameando sobre innumerables naufragios, como si anunciaran el amanecer de días olvidados. Abajo, en el patio, las ropas también danzaban o combatían y el agua hacía un ruido de corriente de arroyo en las verdinosas piletas de hormigón, la voz de alguna sacerdotisa –una voz de soprano, de mujer joven- se quebraba cristalina sobre las piedras del patio y se sobreponía la fragor guerrero de la danza de los vientos y al huraño silencio de las viejas lavanderas vestidas de negro. Hacía veinte, o treinta, o cincuenta siglos, y en ciudades ya muertas, todo había sido igual. Todo estaba condenado a la eternidad”.

---------------------------------------------------------------------------------
Reflexiono y creo que quizás sobre todo a aquella infancia la enmascararan las lecturas, la música y hasta los cuadros. Pedro Figari quedaba muy lejos, Cúneo ponía la banda sonora de grillos pero la luna se lo acababa comiendo todo y no había gente, Torres García era demasiado industrial, había unos grabados que no sé de quién eran que quizás fueran lo más acertado, pero eran de mi madre así que de adolescente los patié para atrás. Paco Espínola era demasiado rural, Juceca demasiado etnográfico, Julio C. Da Rosa demasiado infantil, a Felisberto Hernández (ese sí!!!) no tuve el placer de conocerlo hasta más tarde, como a tantos otros, y Onetti era un monstruo sagrado. Música...no sé, capaz que salvando a Zitarrosa (maestro), lo demás no lo conocía o no conectaba, o me sonaba demasiado a payada de fogón o a apología de los blancos. Y el tango, ese sí, ya, suburbano, me sonaba porteño. Así que la infancia la olvidé y me empezaron a contar la adolescencia músicos, escritores y cineastas que nada tenían que ver con aquella edad que adquirió su prefijo neblinoso y endulzó sus olores y su temperatura. Hasta el paisaje y las estampas empezaron a cubrirse de capas nuevas, como esos frescos que quedan tapados en las iglesias bajo pinturas de técnica más moderna, y de repente me pareció que mi recuerdo lo pintaba Edward Hopper (hay que joderse!). 

miércoles, 8 de agosto de 2018

1994

Hoy no escribo, solo pongo el "Let love in".
De pe a pa.
Necesitaba escucharlo otra vez y no lo sabía. El mejor rapsoda contemporáneo en lengua inglesa. Es de 1994 el disco. Qué año tan bestia.
En serio, escúchenlo otra vez.